“Señoras y señores: A juicio de los legos, los síntomas constituyen la esencia de la enfermedad; para ellos, la curación equivale a la supresión de los síntomas. (…) Pero, tras eliminarlos, lo único aprehensible que resta de la enfermedad es la capacidad para formar nuevos síntomas. Situémonos provisionalmente, por eso, en el punto de vista del lego, supongamos que desentrañar los síntomas equivale a comprender la enfermedad”.
Nos situamos en las Conferencias de introducción al psicoanálisis, cuando Freud presentaba sus revolucionarias elaboraciones teóricas. Y aunque esta primera Jornada evoca lo actual, este párrafo de 1916 conlleva una extraordinaria vigencia clínica contemporánea.
Explicando qué es el síntoma, Freud lo reseña como esos “actos perjudiciales, o al menos inútiles, para la vida en su conjunto, (de los cuales) a menudo la persona se queja de que los realiza en contra a su voluntad, y conllevan displacer o sufrimiento para ella”[1]. Ubicando así, su relevancia como formación de compromiso y como una modalidad de satisfacción.
Desde el principio de la investigación sobre los diversos malestares en el cuerpo y el pensamiento, se presentifica cómo la dirección en el tratamiento del síntoma que siga la cura dependerá de la concepción del mismo que esté sosteniendo. Cuando las respuestas de la neurología no coincidían con los padecimientos corporales para explicar los fenómenos clínicos que presentaban las histéricas que trataba, Freud redirige su interés hacia lo que, años más tarde, denominará como un más allá del principio del placer. La pulsión, las vivencias (sexuales infantiles), la realidad psíquica, las fantasías y el displacer son algunos de los elementos que va desarrollando para explicar Los caminos de la formación del síntoma[2].
En los vericuetos de las construcciones del concepto, la cuestión ha sido dilucidar cuál es el sentido del síntoma en cada sujeto, como un jeroglífico de ese mensaje que se articula entre el cuerpo y la palabra porque a la vez que forma parte de lo cotidiano, el síntoma genera extrañeza. Sin embargo, el desciframiento puede volverse infinito, en tanto un significante siempre remite a otro significante. Dicha decodificación no alcanza a dilucidar el malestar porque hay una opacidad en el síntoma, algo extraño ajeno al sujeto que genera una satisfacción. Mientras la fenomenología de los síntomas supone un sufrimiento, la verdad del síntoma implica una conjunción entre la satisfacción y el displacer que reside en la satisfacción libidinal.
El vector que recorre la construcción de este concepto en la teoría psicoanalítica comienza con el sentido y se direcciona hacia el goce. Tomar el síntoma como mensaje no ha sido suficiente para resolver la cuestión, hay que pensar además en un modo de gozar del inconsciente. Lacan lo explica como aquello que se experimenta en el cuerpo, algo “del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña”[3].
Sobre cómo trabajar con ello en la clínica, Miller en su Seminario sobre La vía de formación de los síntomas propone ir más allá del conflicto y destacar una clínica de los anudamientos posibles a modo de arreglos que “permiten una satisfacción y conducen al goce”[4]. En este marco, el síntoma es un modo de estar en el mundo que cada sujeto ha encontrado fallidamente, pero que le posibilita habitar su realidad. Aunque a un coste de sufrimiento que le resulta excesivo.
Entonces, si hablamos de síntomas hablamos de singularidad. No es de un ordenamiento en clases de lo que se trata, sino de la respuesta particular que un sujeto ha constituido y que se presenta como un modo fijo de gozar. Respetar la diferencia del síntoma es posicionarse éticamente, quizá ese mal funcionamiento ha sido la invención que le ha permitido sostener cierta diferencia liberadora.
En nuestro presente, la vía del síntoma aún permite una contraposición a la opresión del sujeto condenado gozar sin parar. El cuerpo es el espacio habitado por el síntoma, es la superficie donde el goce hace sus trazos. Esa solución que concilia paradójicamente una satisfacción en aquello que se vive como un malestar es un concepto difícil de aprehender, pero delimitarlo permite cernir el modo en que llega a la consulta el paciente.
Es el caso de la Srta. L, un exceso de palabras marca su presentación, con su verborragia marea al Otro con un blablerío sin fin. Sin un motivo de consulta que pueda delimitar, ella se angustia por una antigua situación que condensa tomando el término del mercado laboral actual mobbing, un poco después despliega cierta fobia y problemas en su relación de pareja y su familia.
Un pausado ordenamiento le permite comenzar a situar preguntas fundamentales y ubicar eso que más tarde menciona como un “despiporre” que la lleva a consultar. El mismo que se encontró al comenzar su adolescencia: “Al salir del colegio de monjas, pasas del sacrificio a encontrarte con el despiporre”. A través de un tiempo para historizar y puntuar, recompone un camino en que relata un síntoma de enuresis al comienzo de la pubertad, controlado por medio de una técnica basada en el uso de la alarma del reloj, pero que en su discurso enlaza posteriormente con el asco a partir de la menarquia. Su cuerpo queda anudado a esta confusión y este rechazo por lo femenino; a los primeros des-encuentros con el otro sexo, le sucede la gordura que termina ocultando las formas de la mujer y se instala como parte del exceso que reina en su vida. Sus síntomas encierran su propio desbarajuste, “despiporre”, en el encuentro con la sexualidad.
El síntoma mantiene viva la pregunta por el ser en cada sujeto. ¿Cómo se las arregla L para poder llamarse mujer? Bajo su semblante de una Gran mujer que sostiene las dificultades familiares, se pone en juego su desorientación acerca del goce femenino. Su desconcierto tiñe las vicisitudes de la convivencia con su pareja y las estrategias que utiliza para escapar del encuentro sexual con un hombre.
No se trata de apaciguar su pelea para encajar en las exigencias culturales superyoicas, sino de abrir un enigma, de dar lugar a la pregunta sobre la posición inconsciente que viene taponada por un discurso de oda a la liberación femenina que nada tiene que ver con una verdad.
Ciertos síntomas actuales se generan al adherirnos en estos discursos estandarizados que circulan frecuentemente en los dichos de los pacientes y que reflejan modos de gozar contemporáneos. A ello se refiere lúcidamente Araceli Fuentes en su libro El misterio del cuerpo hablante, cuando distingue la posición del psicoanálisis en cuanto restituye la dimensión singular del síntoma:
Deshechos los lazos que proponían otros discursos, al hombre moderno no le queda nada con lo que hacer lazo, excepto quizá sus síntomas: agrupaciones de individuos que padecen el mismo síntoma proliferan en nuestras sociedades actuales como sucedáneos de un lazo social forcluido por este discurso. Asociaciones de anoréxicas, toxicómanos… Es el triunfo de lo mono-sintomático sobre la variedad del síntoma[5].
En la paleta contemporánea de lo que no funciona, la orientación a través de la experiencia del psicoanálisis nos ha enseñado que el goce que encierra el síntoma no puede suprimirse, pero el tratamiento singular del exceso que se encarna en el cuerpo puede reducir el costo del sufrimiento y restablecer lazos.
- Freud, S., “Conferencias de Introducción al Psicoanálisis. 23ª conferencia. Los caminos de la formación de síntoma” (1916-17), Obras completas. Volumen 16. Buenos Aires, Amorrortu, 2007. p. 326
- Freud, S., ídem.
- Lacan, J., “Psicoanálisis y medicina” (1966), Intervenciones y textos I, Buenos Aires, Ediciones Manantial, 2006. p. 95.
- Miller, J.-A., “Seminario sobre la vía de formación de los síntomas” (1996), Introducción a la clínica lacaniana. Conferencias en España. Barcelona, RBA Libros, 2006. p. 477.
- Fuentes, A., El misterio del cuerpo hablante, Gedisa, Barcelona, 2016. p. 19.