Trabajo realizado en el equipo temático: El psicoanálisis y la ética contemporánea. Auspiciado por la cátedra de Psicología, Ética y Derechos Humanos. Facultad de Psicología UBA. Programa de estudios analíticos integrales 2009-2012. Centro Descartes. Buenos Aires
El declive de las instituciones en tiempos de fragmentación social se torna un fenómeno contemporáneo que denota el malestar cultural actual frente a los significantes amos y la decadencia de la función del ideal. Los valores de las figuras de autoridad, los fines colectivos y el todo de la comunidad dejan lugar a la pluralización del individualismo, donde los goces privados se exhiben de múltiples maneras.
En el seminario sobre El Otro que no existe y sus comités de ética, J.-A. Miller [1]responde acerca de qué es una civilización, desde la perspectiva analítica, retomando el concepto de pulsión y pensando en la dimensión social del síntoma; allí postula que esta es “un sistema de distribución de goces a partir de semblantes”, un modo compartido y sistematizado de producción de formas de gozar. En nuestra civilización occidental dichas formas se ven animadas a favor del consumo, el goce por la novedad y el culto de lo nuevo, lo que nos sumerge en enunciados que prescinden del Otro y sus significantes referentes.
La entidad del sujeto en el marco de una cultura involucra el sacrificio de sus pulsiones más sustantivas en pos de satisfacer el alcance de aquellos ideales que le son impuestos y a los que se pretende acceder en busca de la “felicidad de la época”. En esta resignación de los placeres pulsionales muchas veces la frustración excede la medida de lo sufrible, dando lugar a los síntomas y, en un sentido más amplio, a una pregunta sobre la sociedad actual: “¿Podemos hablar hoy de una gran neurosis contemporánea? De hacerlo se podría decir que su determinación principal es la inexistencia del Otro, que condena al sujeto a la caza del plus de gozar”.
Los sistemas de referencia se pluralizan y las condiciones de las representaciones sociales tradicionales, como la familia piramidal burguesa y la institución escolar moderna, cambian la argumentación de sus funciones hacia la horizontalidad.
Pensando la Escuela como representante de las instituciones de la modernidad, se puede considerar en sus dispositivos el declive que estas, en general, presentan frente a la multiplicación de los discursos del Otro. Pero ¿cómo acoge una institución tradicional, instituyente de la subjetividad de una época, la dirección que ha tomado el malestar en nuestra civilización hacia el individualismo y el imperativo de goce?
En la sustitución de un Otro colectivo, por su multiplicación en colectividades de goce, nuevos ideales se ponen en juego. Cada una de ellas responde al Otro de sus creencias dentro de la micro política de sus grupos. Al respecto en la conferencia denominada “La conversación de los débiles”, del mencionado Seminario, exponiendo acerca de valores de discusión política Miller expone:
La libertad de los modernos es el individualismo, es considerar que la sociedad no debe tener fines colectivos, y que están los goces privados, donde ella no interviene; y la libertad de los antiguos acentúa la comunidad y los fines colectivos. Esta legitimización de la comunidad puede implicar ciertos medios de coacción sobre los individuos (…). De modo que finalmente se definirá lo contemporáneo por el divorcio del ideal; se puede prescindir del ideal y de las personas, se puede prescindir del Otro, de los ideales y de los escenarios que propone con un cortocircuito que libra directamente el plus de gozar.
En la actualidad podríamos pensar en cierto corrimiento de su lugar “tradicional” por parte de las Instituciones intermediarias en la constitución de un Otro fiable. Analizando las coordenadas de la práctica escolar, se observa reflejada recurrentemente la horizontalidad de las funciones, que genera la búsqueda del lugar del Otro. Desde los niños existe una demanda constante de reconocimiento hacia los adultos, quienes, en el ejercicio de sus responsabilidades, reiteradas veces, no se comprometen en la consolidación de un papel que evite la ambigüedad de discursos que no sustentan en sus actos. Plasmado en las relaciones institucionales escolares se percibe la perspectiva de simetría que toman los niños con respecto a los docentes, el litigio constante de las reglamentaciones, el desacato y la provocación son ejemplos de situaciones que se suceden cotidianamente y que superan lo medible con la vieja vara del sistema disciplinario.
Del lado del adulto, lo que se observa es un retroceder frente dicha demanda, los roles se desdibujan reflejándose en la desidia frente al sostén de la palabra, la duda reiterada ante los cuestionamientos a sus tomas de decisiones o la omisión frecuente de los límites. Dejando al desdén una posición que sustente el hecho de que allí donde se perciba un Otro que se responsabilice frente a lo que al niño “le” ocurre como sujeto, se vislumbrará la posibilidad de que su acto no quede perdido o anónimo. Como respuesta a estos desencuentros la solución que se propone usualmente es la habilitación de espacios de diálogo, la negociación de las reglas, las normas consensuadas por alumnos y autoridades. Sin embargo, el discurso queda reducido a la repetición y en estos espacios poco lugar queda para que algo del orden del deseo se ponga de manifiesto.
En los espacios de intercambios, pequeños “comités de ética”, en los que se tratan situaciones que afectan tanto a los niños en sí mismos, como a su relación con los adultos y la institución en general, se desliza la consigna de “hablar de todo lo que sucede, porque esta es la manera de solucionar los conflictos”.
Se puede observar, tal vez como efecto del discurrir del discurso psicoanalítico, que en nuestra sociedad se sostiene la creencia del efecto de la palabra a través del acto del decir, una supuesta catarsis del hablar, que en algunas de estas escenas no va más allá de un exponer que se convierte en demoledor. En medio de extensos “diálogos entre sordos”, en los que emergen componentes agresivos en el trato de los pares entre sí, unos pocos toman la palabra haciéndose mensajeros del discurso de todos, mientras en elevados tonos discuten con sus maestros; lejos de llegar a algún acuerdo y mucho más lejos aún de tomar una posición reflexiva y responsable. Pareciera que el sentido mismo de la situación es la posibilidad de hablar desbordadamente, sin márgenes entre lo que se puede decir o no, pudiendo expresar acerca del otro todo lo que surja, en este espacio en el que el contenido de la discusión termina importando poco y nada.
Las palabras de Miller en su conferencia sobre “El culto de lo nuevo”, siempre siguiendo las referencias del Seminario sobre El Otro que no existe y sus comités de ética, resultan notables en relación con la situación descrita:
Parece que actualmente el vector principal de la civilización y su malestar va en esa dirección, que no se tiene más necesidad de la represión social del decir, para gozar. La voluntad de goce pasa cada vez más por el permiso, y casi por la exigencia social de hablar, lo que se distingue completamente de la época de Freud.
Luego continúa:
La tendencia principal apunta sin embargo a la exigencia de decirlo todo. Pero al mismo tiempo de este modo se desordena eso con lo que se trata: la idea de que algo anda mal y que es preciso hablarlo forma parte del sentido común actual. Una creencia hoy popular sugiere que si no se habla de lo que no funciona uno se enferma y es peor.
En esta exposición se ha considerado parte de una práctica contemporánea en una comunidad. Queda abierta la reflexión sobre la distinción entre autoridad y autoritarismo y el desafío de seguir pensando acerca de la implicación subjetiva de los actores que están en juego. Hoy el Otro es “el reino del debate”, y en este contexto discutir la manera en que se transmiten los valores y evaluar el terreno de la argumentación, tal vez, posibilite un pequeño efecto de verdad que facilite la “adaptación flexible a lo eventual” que estos tiempos demandan al sujeto embrollado.
- Miller, J.-A. y E. Laurent, El Otro que no existe y sus comités de ética, Buenos Aires, Paidós, 2006.