El presente trabajo fue realizado en la Práctica Profesional “Hospital de Niños Dr. Ricardo Gutiérrez” (UBA), donde se apuesta a pensar el quehacer del analista en un hospital pediátrico en interlocución con otros discursos. Tal como lo plantea la Cátedra, en la vida del hospital, el cuerpo, el dolor y la enfermedad convocan a las lecturas posibles que un analista puede hacer sobre el campo de la infancia. Desde la obra de Lacan, se ha tomado la intervención “Psicoanálisis y medicinal,[1] que introduce la relación con la demanda del enfermo al médico y el goce que se experimenta en el cuerpo.
Durante mi estancia en el Hospital. El pase de guardia es un dispositivo que me ha resultado un espacio en el que la diversidad de los casos resulta inagotable, a la vez que se vuelve reiterativo y monótono. Reiterativo, ya que los pasos se repiten: descripción de las patologías, observaciones puntuales de algunos pacientes y gran número de datos objetivos. Esta secuencia se reproduce en cada una de las unidades clínicas especializadas por las que se rota.
Inagotables y diversos porque, si bien las patologías pueden reiterarse, cada una tiene características particulares según sus protagonistas: el paciente, sus padres, la familia, los médicos que lo han derivado, etcétera. Por lo cual, una red de subjetividades queda entramando cada caso relatado y esto lo hace irrepetible.
La contingencia también participa en lo cotidiano. Confrontarse con lo sorpresivo no siempre es algo agradable, aquí lo inesperado suele estar del lado de lo que no se sabe cómo se desencadenará, de aquello que sería preferible no encontrar, de lo que es difícil de aceptar y desagradable de escuchar.
A lo largo de las múltiples escenas recortadas en la práctica, se presentan dos sustantivos que irrumpen con peso propio, el dolor y la muerte. Peso relativo el primero, en el valor subjetivo del dolor, y peso absoluto el segundo, en lo innombrable de la muerte. Ambos comparten el texto con la infancia y, en este contexto, con la medicina y la ciencia como conceptos abstractos encarnados en cada uno de los profesionales.
En la obra freudiana se pueden rastrear los enigmas de la vida, las pérdidas y el duelo.[2]. Sabemos que la enfermedad y la muerte no tienen vigencia para el niño, no se inscriben ni en las leyes de la naturaleza, de la sociedad, ni en la cadena simbólica que nos sostiene como sujetos. La convivencia con los pacientes hospitalarios enseña sobre las vivencias de cada sujeto en su relación con la angustia.
El dolor es un concepto difícil de aprehender, en el apartado “La supresión del dolor”, el pensador Iván Illich, hace una distinción entre las determinantes sociales del dolor, y refiere que para la medicina es un valor objetivable y cuantificable que posibilita, de esta manera, arribar a un diagnóstico interponiendo la distancia con que un tercero puede percibir el dolor: “La civilización médica tiende a convertir el dolor en un problema técnico y, por ese medio, a privar al sufrimiento de su significado personal intrínseco”. [3]
En el hospital, los pediatras se preocupan diariamente para que el dolor de sus pequeños pacientes esté controlado. Cuando la vida no corre riesgo, pareciera que la atención se desplaza hacia evitar el dolor. Podría pensarse que en esa preocupación de los profesionales médicos se distorsiona al sujeto que sufre, más allá del organismo sobre el que la ciencia impone anonimato, tal como lo desarrolla Raimbault.[4]. La observación permite suponer que se responde a la demanda de curación desde lo que se puede hacer y, entonces, calmar el dolor es un intento de subsanar la impotencia frente a lo que queda por fuera del saber.
La distancia que los profesionales parecieran interponer ante el sufrimiento queda marcada en su lenguaje, ya sea al referirse a ellos mencionándolos a través de las patologías que padecen o, en otro ejemplo, refiriéndose al paciente como “aritmético” ocultándolo bajo los valores obtenidos en los estudios que la ciencia impone sobre el cuerpo.
Si bien estas son características propias del pase de guardia como dispositivo y de los protocolos imperantes, se constituye también en una forma defensiva de informar rápida y técnicamente evitando la subjetivación de los casos. En el medio, se cuelan otros matices personales con los que cada uno de los profesionales toma distancia del contexto, puede ser apelando a conversaciones cotidianas y amenas, haciendo chistes o con actitudes más explícitas de “no querer ver” a algún paciente. En cualquier caso, pareciera que, ante el sufrimiento de las enfermedades incurables que conducen a la muerte de un niño, aparece la impotencia y el esfuerzo vehemente por calmar el dolor como compensación. Sin embargo, en el mismo acto el cuerpo del paciente queda invadido por todos los procedimientos médicos que también le generan efectos secundarios y aumento del malestar.
Inevitablemente, el dolor permanece como elemento inherente de la situación, sumado a ello el destino ineludible y la angustia desbordante de los padres y del niño mismo. Del otro lado, cada médico reacciona como puede, se contemplan distintas actitudes, algunos se enojan, otros desplazan responsabilidades, ponen en el frente a la ciencia y objetivaban con valores numéricos el cuerpo real. Hay quien apela a la experiencia, a historias de pacientes anteriores, se apoya en otras especializades, etcétera. Cada profesional ensaya sus modos de afrontar su propia angustia.
A mi parecer, se observa que los años de experiencia no necesariamente protegen de la situación. Algunos de los pediatras de larga trayectoria reaccionan con explosiones de ira, disconformidad o reproches que se desplazan hacia la Institución, otros colegas, la huelga de la semana, la actitud de las familias y demoras en las derivaciones, en suma, una serie inagotable de elementos que no dejan de estar presentes cada vez que el estado de salud de los pacientes se complica. En realidad, son todas reacciones frente a la imposibilidad desde la ciencia de salvar la vida de un niño. Estas situaciones que los médicos pueden prever y en las cuales han estudiado cómo intervenir, muestran la angustia que se genera cuando el campo del conocimiento no alcanza para evitar el desenlace. La angustia aparece frente a lo real de la muerte y el dolor, allí donde el poder del saber científico no tiene alcance, donde irrumpe un real que desestabiliza la trama simbólica.
No obstante, hay un des-enlace sobre el que se puede intervenir en la Institución, desde la práctica como psicólogos, y es sobre el desenganche entre el cuerpo de la medicina y el sujeto, el niño que sufre y que se angustia. En este punto, evitar el des-enlace sería un esfuerzo por devolver al paciente su lugar de niño, escucharlo, contenerlo, acompañar su silencio.
¿Qué quiere decir el “sujeto-niño”? Un enfermo no viene solo, llega rodeado de sus padres, su familia, su contexto. Pensar en un niño implica pensar en su entorno, en las funciones de quienes lo acompañan, en las presencias, pero también en las ausencias. Sin olvidar las emociones, los sentimientos, los afectos del cuerpo, en definitiva, su singularidad. “Los míos no son pacientes sociales”, bromea un médico. Él prefería no saber nada acerca de la vida personal de sus pacientes, ni de su familia, tampoco del contexto social-cultural del que proviene. Lo subrayaba como una virtud, pero también como un error de su práctica. Podríamos pensar también en su posición como defensiva.
Se puede mencionar otro des-enlace sobre el cual el psicólogo puede trabajar: cualquier niño es inseparable del jugar, un niño “sano” es un niño que juega. Pero, en muchos casos, este jugar se ve interferido y/o inhibido, y con ello sus funciones placenteras, integradoras, de socialización, de comunicación, etcétera. En los niños internados en el hospital, el dolor y la angustia suelen primar sobre las ganas de jugar. Conectar al paciente con el juego, con la creación, con aquello que le genere placer y le resulte agradable es una buena orientación para volver a colocarlo en el lugar del niño que es, más allá del paciente hospitalario. Para terminar, no solo de evitar los des-enlaces se trata, sino también de generarlos. Un nudo puede ser una dificultad, pero también puede ser un lazo. De una manera, se puede intervenir en el sentido de funcionar como un interlocutor que fomente lazos entre niños-familias-médicos-Institución, donde existen múltiples combinaciones, Y desde otra acepción, que tiene que ver con el sentido de desanudar las dificultades de un drama, se puede pensar las escenas del hospital y en desentramar algo de lo velado que allí se juega. Se puede ser un facilitador de la conversación que ponga en palabras aquello que genera angustia y dolor, de parte de quien lo sufre, pero también del lado de aquel en quien se deposita la responsabilidad de solucionarlo o contrarrestarlo. Quien, desde los “Consejos de Esculapio” sabe que su vida transcurrirá entre el dolor de los cuerpos y de las almas, anudado a “esa especie de poder generalizado que el poder de la ciencia”,[5] mas, en muchas ocasiones, queda desbordado ante el sufrimiento del otro.
- Lacan, J., “Psicoanálisis y medicina”, Intervenciones y textos 1, Buenos Aires, Manantial, 2006.
- Freud, S., “La Transitoriedad” (1915), Obras completas, tomo XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 2007.
- Illich, I, Némesis médica, La expropiación de la salud, México, Ed. Barral, 1975, p. 119.
- Raimbault, G., El psicoanálisis y las fronteras de la medicina, Barcelona, ed. Ariel, 1985.
- Lacan, J. “Psicoanálisis y medicina”, op. cit.