El niño y la madre no forman un solo cuerpo

Carolina Martini. Psicoanalista.

El deseo de un hijo como una de las posibilidades de lo femenino

La constitución de la feminidad toma los más erráticos caminos. El recorrido singular que cada sujeto realice estará determinado por una constelación de sucesos inconscientes; allí, en los equívocos, se hallarán los aciertos, y en la unicidad de las historias, las dificultades de “la mujer”. 

La equivalencia femineidad–maternidad es un par con el que, desde el psicoanálisis, se abren múltiples interrogantes. La significación social de la “mujer-madre” se palpa en la clínica, en la singularidad de cada novela familiar, pero no es solo la consecuencia de un mandato lo que se observa, es la complejidad de una constitución subjetiva que está determinada por un “no existe” desde antes del principio y esta no es sin sus propias vicisitudes.

La posición subjetiva que encarnan ciertas mujeres respecto de sus hijos aparece en la clínica con niños en la diversidad de los malestares infantiles; es a través del trabajo en transferencia que se despliegan los interrogantes hacia los factores incriminados en estos síntomas. El presente análisis surge en la especificidad del trabajo con niños con algún tipo de retraso, ya sea por causas psíquicas u orgánicas. La idea misma de “retraso mental” es una construcción que merece sus propias elaboraciones frente a los múltiples aspectos vinculados en sus causas; la calificación identificadora en sí misma de este concepto polisémico es una cuestión compleja en la que se entrelazan aspectos vinculados al entorno social, la trama familiar y la propia estructura subjetiva. No abordaré la especificidad y la complejidad de la clasificación de los “débiles mentales”; es la relación del niño con su madre lo que conduce este trabajo, así como las diferencias en la repetición, la sutileza que abre a la investigación.

¿Qué busca una mujer teniendo un hijo? Tantas respuestas como singularidades, tantas mujeres como subjetividades. Para comenzar a responder esta amplia cuestión recurro a las fuentes, al desenlace del Complejo de Edipo del lado femenino en Freud, con las complejidades que el recorrido de la sexualidad femenina presenta.

La “maternidad” es una de las salidas, no la única, sin embargo, se establece entre esta y la femineidad un paralelismo histórico. Siguiendo la lectura de las complejas elaboraciones freudianas sobre la conformación de la sociedad, las complicaciones que resultan de la vida en la cultura y la imposibilidad de alcanzar la felicidad absoluta, sobre el valor de las hembras en la cultura expresa: “la hembras, que no querían separarse de sus desvalidos vástagos, se vieron obligadas a permanecer junto al macho, más fuerte, justamente en interés de aquellos”.[1]. Su enseñanza viva aporta luz a esta cuestión tan contemporánea sobre la decadencia de las funciones paternas y su relación con las patologías actuales.

La pregunta sobre el lugar que ocupa el niño, es este caso con dificultades, en la economía libidinal de la madre también esboza sus respuestas en las posiciones que este mismo asume. Hacia allí se orienta la tercera parte del trabajo y a las distintas variaciones que introduce Lacan al respecto.

No sin plantearnos la posición como analistas, a través de casos clínicos se pone en evidencia los inconvenientes frente a la palabra del Otro, la articulación del goce pulsional y el cuerpo como objeto de goce en la relación de madres e hijos.

Una salida en la maternidad

La caracterización de la feminidad es descrita por Freud como “una tarea de solución casi imposible (para el psicoanálisis)”.[2]. En el atravesamiento del Complejo de Edipo, la niña debe llevar a cabo un camino diferente y más complicado que el varón. 

La madre como objeto de amor

El primer objeto de amor para la niña, así como para el varón, es la madre, con ella se establecen los primeros vínculos libidinosos. De acuerdo con las diferentes fases de primacía de la pulsión, su relación ambivalente se expresará mediante deseos orales, sádico-anales y fálicos.

En términos freudianos, en esta última fase, la fase fálica, estos deseos están orientados tanto a hacerle un hijo a la madre como a parirle un hijo a la madre (vale la aclaración de que continúo hablando de los deseos de la niña) que deberán ser mudados a partir de la operación de la castración como una interdicción en la relación con la madre. Veremos cómo en la clínica aparecen estos deseos plasmados en la verdad oculta detrás de los síntomas.

Durante los primeros tiempos de estrecha ligazón entre madre-niña, el padre, la función del padre, constituye una suerte de “fastidiosos rival”. Las fantasías de seducción preedípicas dirigidas hacia la madre son prehistóricas en relación a las posteriores por parte del padre. Este devenir del padre como objeto de amor para la niña no se puede llevar a cabo sin que el sujeto acepte ceder, sus mociones pulsionales se sustituyen en términos de representaciones de angustia. La amenaza de la castración se constituye en la angustia que será un trazo que vira el camino del desarrollo en la niña. El deseo de tener lo que le falta y el descubrimiento de la castración de su propia madre pueden orientar el desarrollo en tres posibilidades, de acuerdo con Freud, una inhibición sexual que conduzca a la neurosis, el emplazamiento de un complejo de masculinidad o la “feminidad normal”.

No es solo su zona genital rectora que debe sustituir −se renuncia a la satisfacción del clítoris como subrogante del pene−, sino que ante tal amenaza es la madre como objeto de amor que debe ser abandonado. 

El deseo con que la niña se vuelve hacia el padre es sin duda, originariamente el deseo del pene que la madre le ha denegado y ahora espera del padre. Sin embargo, la situación femenina sólo se establece cuando el deseo del pene se sustituye por el deseo del hijo, y entonces, siguiendo una antigua equivalencia simbólica, el hijo aparece en el lugar del pene[3].      

Este es el modo en que Freud marca el comienzo del Complejo de Edipo en la niña, un comienzo regado por las dificultades de la ambivalencia de los deseos, tanto en su naturaleza a la vez tierna y hostil, como la sustitución del objeto de amor. La castración materna determina el establecimiento de la situación femenina, la equivalencia simbólica niño-falo opera y se realiza un pasaje de la actividad a la pasividad.

Nada es fácil en este sinuoso camino de la constitución de la sexualidad femenina, no siempre se consigue esta mudanza de objeto de amor, el descubrimiento y la aceptación de la castración materna, dependen también de que esta inscripción esté presente en la propia madre. Es decir, para aceptarlo, la madre no debe representar al falo, su propio paso por la castración le permitirá saber a la niña que la madre no es ni tiene aquello que ella le demanda. Una identificación con la madre fálica o con el padre, como poseedor del falo, es una de las vías posibles tras el encuentro con la castración, el “complejo de masculinidad”, una de las posiciones femeninas del ser.

En las sucesivas y, a la vez, coexistentes, fases de la organización libidinal, las investiduras de los objetos elegidos son resignadas en términos de identificaciones. En el declive del Edipo aparece el Ideal del yo como el soporte de las identificaciones que posibilitan la nominación del deseo. La niña debe tramitar su falta en tener −la maternidad es una de las formas−, así como hacerse amar, dirigiendo su demanda de amor al partenaire.

Acerca de la equivalencia entre mujer- madre

Tomar los significantes de la época en función de su incidencia sobre las subjetividades implica tener presente el poder configurador del lenguaje sobre el imaginario social en una transversalidad histórica. 

La función de la mujer en la sociedad y primariamente en la familia destaca a lo largo de los tiempos en su rol de madre. Ir más allá de los valores del victorianismo tardío desafió a Freud a transponer las concepciones sobre lo femenino. Con un “cambio significativo”, como él mismo lo denomina: en sus escritos analiza la vida en sociedad, los valores de la condición humana, así como la convivencia en de los seres en un fundamento doble, la compulsión al trabajo y el poder del amor. En este contexto, y a través de toda la obra freudiana, la función del padre tiene un papel protagónico en la constitución de la subjetividad. La construcción de lo femenino queda más ligada a sus formulaciones sobre la histeria y la pregunta sobre qué es una mujer.

El estudio del antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura lo conduce a caracterizar la insuficiencia de normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia como una de las fuentes del penar para los seres humanos. En Malestar en la Cultura (1930) distingue lo que es un paso decisivo en lo cultural, el hecho de que el poder del individuo se sustituye por el poder de la comunidad. 

¿Cuál es el valor que le otorga a la mujer en este proceso? En tanto el hombre primordial cobra el hábito de formar familias, que le permiten mejorar su “suerte en la Tierra”, es la satisfacción genital que lo impulsa a conservar las hembras a su lado: 

Cabe conjeturar que la fundación misma de la familia se enlazó con el hecho de que la necesidad de satisfacción genital dejó de emerger como un huésped (…) y se instaló en el individuo como pensionista. Ello dio al macho un motivo para retener junto a sí a la mujer, o más en general, a los objetos sexuales[4].  

Estos “objetos sexuales” tuvieron un interés más allá de la satisfacción, para permanecer junto al macho. “Las hembras, que no querían separarse de sus desvalidos vástagos, se vieron obligadas a permanecer junto al macho, más fuerte, justamente en interés de aquellos”[5].  El amor del lado femenino queda caracterizado en dirección a los hijos, en tanto posibilita la convivencia por no separarse de la “carne de su carne”. 

Ubicando el amor como fundamento de la cultura, freudianamente son las mujeres quienes “subrogan los intereses de la familia y la vida sexual”.  Este mismo amor, ahora de meta inhibida por la prohibición de la elección incestuosa de objeto, es en su origen un amor sensual. Es la interdicción paterna que, por medio de la ley, establece sus limitaciones.

En las primeras formulaciones psicoanalíticas sobre el “enigma femenino” se le adjudica a la mujer un alto grado de narcisismo, que caracteriza su necesidad de ser amada. La angustia frente a la castración en la posición femenina se expresa en el temor a la pérdida del objeto amado, más correctamente, a la pérdida de su propio lugar como objeto del amor de otro. Supone una elección narcisista del objeto en tanto, como resto de las elecciones preedípicas de objeto dirigidas a la madre, elige desde la identificación con el varón que le hubiese gustado ser, así según Freud “El marido, que había heredado al padre, entra con el tiempo en posesión de la herencia materna”[6].

En la lógica freudiana de la castración femenina, no es la primacía del falo lo único que entra en la lógica de lo femenino: “las mujeres no tenemos esa relación dominante con el objeto, tenemos la relación con el amor. (…) Esta relación femenina con el Otro del amor pone de relieve en ellas la vertiente erotomaníaca en su relación con el otro”[7].

En esta intrincada vía en la elección del objeto amado, refiriéndose a la importancia de los vínculos infantiles con los padres para la posterior elección del objeto sexual, en Tres ensayos de teoría sexual, Freud piensa en la vida conyugal en tanto “Desavenencias entre los padres (…) condicionan la más grave predisposición a un desarrollo sexual perturbado o la contracción de una neurosis por parte de los hijos”[8]. 

Es en la decadencia de la función paterna, como papel agente de la castración, donde más tarde, Lacan enfoca sus conceptualizaciones sobre los nombres del padre. Lo que nos permite pensar en términos de la castración como operación estructurante y la pareja en torno al falo como una terceridad, donde gira el arreglo que estructura la relación con el partenaire.

En cuanto a la demanda femenina de ser amada y la dimensión narcisista de esta, Guy Trobas piensa en la pareja conyugal actual en términos de poner a los hijos en ese lugar de demanda constante de amor por parte de los padres. El miedo a la pérdida del amor no iría dirigida a la pareja, sino al hijo, y coloca la función paterna como corte frente a la cobardía de los padres en la dialéctica de la demanda de amor y la pérdida del valor estructurante del deseo.

El niño como “objeto”

Las dificultades en la función de la castración, deja a algunos niños posicionados en cierta relación fantasmática con su madre y reducidos al estatuto de objetos. Cuando no existe el significante del reconocimiento del Otro, no se abre esa hiancia que conduce al deseo separado del goce. 

El niño queda en lugar del falo imaginario, vinculándose a través de la lógica de la demanda, madre e hijo se articulan bajo modos de gozar del cuerpo del Otro. 

En las fases pulsionales que enumera Freud, las primordiales fantasías de seducción por parte del niño parten de la madre. En la prehistoria preedípica serían (en el plano de lo imaginario) los cuidados corporales maternos los provocadores de sensaciones placenteras primarias. “En primer término se sitúa la influencia de la seducción, que trata prematuramente al niño como objeto sexual y le enseña a conocer la satisfacción de las zonas genitales”[9]. Posteriormente, el miedo a la castración y los diques pulsionales, le permitirán al niño renunciar a este placer. No siempre este agente de corte de goce opera satisfactoriamente y estas seducciones maternas se extienden, aún en períodos puberales de gran empuje de la libido, escapando a la represión.

La constitución del sujeto por su inclusión en lo simbólico, lo aliena al Otro primordial. Las operaciones de alienación y separación, le permiten surgir como sujeto como efecto de la acción del significante. Pero frente a la llamada del Otro, existe una elección del sujeto en relación a estas operaciones constitutivas. Hay una posición que toma el niño frente al goce en la relación con sus padres.

  1.  Freud, S., “El malestar en la cultura”, Obras completas. Tomo XXI. Buenos Aires, Amorrortu, 2007.
  2.  Freud, S., “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis” (33ª conferencia). La feminidad, Obras completas. Tomo XXII. Buenos Aires, Amorrortu, 2007.
  3.  Idem.
  4.  Freud, S., El Malestar en la Cultura, op. cit.
  5. Idem.
  6.  Freud, S., “Nuevas conferencias de introducción…”, op. cit.
  7. Solano-Suarez, E., Clínica lacaniana. Modalidades del goce femenino, Buenos Aires, Tres Haches, 2003
  8. Freud, S., “Tres ensayos de teoría sexual”, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 2007.
  9.  Freud S., Idem.