El culto de lo nuevo

Carolina Martini. Psicoanalista.

Trabajo realizado en el equipo temático: El psicoanálisis y la ética contemporánea. Auspiciado por la cátedra de Psicología, Ética y Derechos Humanos. Facultad de Psicología UBA. Programa de estudios analíticos integrales 2009-2012. Centro Descartes. Buenos Aires

El camino hacia la búsqueda de la felicidad, o bien, los múltiples caminos que orientan hacia misceláneas búsquedas, que son tantos como caminantes se deciden a andar. Sin embargo, y debido a nuestra constitución como seres sociales, todos estos caminos tendrán tropiezos, dentro de los cuales hay en común tres piedras que tomarán las más variadas y particulares formas. 

Se trata de las tres fuentes universales de sufrimiento propias de la vida en sociedad. En 1930, Freud las enumeraba en su texto El malestar en la cultura; [1] las tres coexisten, y sin importancia sobre el orden en el que aparezcan son las siguientes: el propio cuerpo, que nos posibilita transitar esta senda, pero que siendo frágil y transitorio, no podrá “prescindir del dolor y la angustia”; el mundo exterior, frente a cuyos arrebatos naturales solemos quedar indefensos más allá de todos los adelantos tecnológicos y, por último, los vínculos con otros seres humanos, fundamentales en la vida en sociedad. Vivir en el marco de una comunidad en cualquier cultura le ha permitido al hombre constituirse como un ser social, lo que le ha posibilitado, a través del lenguaje, desarrollar su inteligencia transformando el medio que lo circunda de manera que resulte beneficioso para su supervivencia. Aunque, actualmente el medio ambiente refleja las devastadoras consecuencias de las acciones desmedidas del hombre en la búsqueda de su bienestar. 

Retomando esta conexión entre las tres fuentes de malestar inherentes a la cultura, se puede subrayar que todas las acciones que el hombre realiza para evitar estos sufrimientos van constituyendo, a la vez, su propia cultura en un movimiento dialéctico. Para convivir en sociedad se crean normas que regulen las relaciones entre las personas, de modo que todos sean beneficiados y protegidos por leyes y normas de la sociedad de la que forman parte. Estas mismas regulaciones son las que muchas veces generan malestar, tal como se ve explicitado en la vida cotidiana. Siguiendo a Freud, desde tiempos remotos la sociedad nos impone cierta cuota de frustración en pos de aquellos ideales culturales que priman en una determinada época y lugar. Actualmente, en nuestra sociedad: ¿Cuáles son dichos ideales? ¿Cuál es el valor a conquistar en búsqueda de “la felicidad”? Si bien las actividades, las normas, los valores y las costumbres varían notablemente en los distintos grupos sociales, se podría subrayar, como una característica de lo contemporáneo en nuestra cultura, un valor mediante el cual se supone acceder a la mencionada y tan estimada ventura: lo nuevo, lo novedoso. Los efectos de la globalización, el desarrollo tecnológico, la difusión masiva de la información y la invasión de la publicidad han hecho que nuestros anhelos se multipliquen superando el interés por la satisfacción de las necesidades básicas. 

En uno de sus seminarios anuales, el psicoanalista francés Jacques-Alain Miller se expresa acerca de nuestro malestar caracterizando lo nuevo como un imperativo, un llamado o incluso casi una orden: “No se puede ir contra de esta exigencia de lo nuevo que hoy está presente en toda la cultura, desde las producciones del arte hasta las industriales”.[2]. La forma, la función, la utilidad o las características que toma esta idea de “lo nuevo” no se refieren a un objeto en particular, sino a la dimensión de lo nuevo en sí misma, como parte del ser de la cultura. Este culto de lo nuevo viene entrelazado con lo efímero, lo inmediato y lo novedoso; lo importante es la valorización de esto en cuanto tal. En una breve reflexión sobre nuestros modos de consumo se puede observar cómo los objetos pierden su valor de uso constantemente, y cada vez que un adelanto tecnológico es lanzado al mercado, este comienza a ser obsoleto. Lo mismo sucede con el consumo de la información, el valor está puesto en la inmediatez y la rapidez de la comunicación y, la mayoría de las veces, son estos conceptos los que protagonizan los enunciados. En este afán por la satisfacción de acceder a aquello que nos acercará a la concreción de los ideales de felicidad nos sumergimos en un malestar provocado por la misma imposibilidad de acceder a lo nuevo en cuanto tal, ya que el mercado se encarga de que no sea “esto”, sino siempre “lo otro”. Consecuentemente y subyacente a este culto por la novedad, el sufrimiento permanece. Existe una regla que no se puede mitigar y que en muchas ocasiones es reflejada en nuestros discursos cotidianos: “Siempre lo mismo”, palabras que, en medio de la vorágine actual, pulsan en cada uno de nosotros, algo se reitera entre tantas novedades, algo que proviene desde lo antiguo y que en determinados momentos predomina y genera malestar. Aunque el malestar es inherente a la búsqueda del bienestar podemos inventar nuestra singular manera de moldear las formas nuevas de la época y cambiar la relación subjetiva con la cultura del consumo. “Buscar en el fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo”, tal como se trata en la historia de cada análisis.

  1. Freud, S., “El malestar en la Cultura” (1929), Obras completas, Tomo XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 200
  2. Miller, J.-A., y E. Laurent, “El culto de lo nuevo”, El Otro que no existe y sus comités de ética, (1996-97), Buenos Aires, Paidós, 2006